You are currently browsing the tag archive for the 'Historias' tag.

Aquel día se había levantado temprano, pero no estaba dormido. Con prisa, se puso los pantalones antes de terminar de ponerse los calzoncillos y los calcetines antes de terminar con sus pantalones, por aquello del ahorro de tiempo.
Se levantó para acabar de vestirse y se quedó parado, sorprendido y trastornado por el extraño funcionamiento de su cabeza.

Su psiquiatra le dijo que era todo normal y su psicoanalista empezó a hablarle de su madre.

Nunca supo quién de los dos le estaba tomando el pelo, así que tuvo que asesinar a ambos.
Mientras huía pensó que, si le encontraban, iba a tener todo el tiempo del mundo para ahorrarlo o malgastarlo, que iban a dejarle en paz y por fin se acabarían todas las prisas.

Un día te encontraste aquél paraguas negro y gastado apoyado en un banco del parque. Recuerda que te encantó su empuñadura roja brillante con grabados. Te pareció un paraguas muy alegre.
Interpretaste aquel paraguas como una especie de señal y después de una mirada pensativa, lo adoptaste como símbolo de tu nueva madurez -tu siempre habías odiado los paraguas-. Desde entonces te hiciste el propósito de cambiar de vida, de ser más ordenada, más responsable y menos desmemoriada, y ese paraguas era para tí el paradigma del cambio. Y te lo tomaste en serio, demasiado en serio en mi opinión. Recuerdo que al menor atisbo de nubes en el cielo cogías tu paraguas-negro-con-su-mango-rojo-brillante al salir de casa y lo llevabas siempre contigo a todas partes. Varias veces te avisé cuando lo dejabas olvidado en una cafetería o encima del mostrador del kiosko de tabaco, pero en general, conseguiste ser bastante disciplinada con el asunto. Aunque a veces se te caía al suelo, o golpeabas en el metro a algún pasajero distraida, cada vez que conseguías salir de un sitio con el paraguas en la mano, sin olvidarlo, lo mirabas orgullosa y decías: ¡qué paraguas tan bonito! y con sonrisa triunfal, te sentías por instantes una persona normal. En el fondo estabas deseando que lloviera, para demostrar que habías sabido ser paciente en tu nueva maternidad y que la espera y el orden podían darte sus frutos. Pero aquel año, recuérdalo, fue el año de la sequía y no había manera de que lloviera. Y pasaron los meses, muchos, y tú cada dos por tres con tu paraguas a cuestas, tu sonrisa triunfal y tu qué-paraguas-tan-precioso.
Pero un día, por sorpresa, cuando salíamos de aquél café tan oscuro que tanto nos gustaba, llovía. Llovía tan fuerte como hacía muchos años que no llovía, como si el agua hubiera estado esperando encerrada dentro de una nube en una presa que ahora se había reventado de repente. Me miraste girando la cabeza muy despacio mientras empezabas a sonreir muy levemente, el agua cayéndote en chaparrón sobre el pelo; tu expresión todavía más triunfal de lo habitual. Bajaste la vista y le dijiste a tu paraguas lentamente y en voz baja: ¡Diós, que paraguas tan bonito! y comenzaste extender los brazos, recreándote en el momento, y lo abrías mientras lo mirabas sonriente y el agua se escurría implacable por tu frente. Pero al empujar el mecanismo de apertura y abrirlo, no sólo estaban rotas algunas varillas, sino que la tela tenía dos grandes agujeros que habían quedado ocultos entre los pliegues. La triste verdad era que nunca lo habías llegado a abrir para comprobar si estaba entero o si funcionaba… Sin sorpresa en tus ojos, comenzaste a partirte de risa repentínamente y los dos nos sentamos a carcajadas en la acera, tan empapados que ya nada importaba demasiado, sin parar de reir durante varios minutos… Luego dejaste de reir un poco, nos levantamos y abandonaste el paraguas abierto sobre la acera, mientras nos alejábamos caminando por el centro de la calle. Entonces me miraste otra vez, ahora muy seria, y me soltaste a bocajarro: Es inútil,  algunas cosas nunca cambian. Y aunque era fácil disimularlo, con la lluvia resbalando por tus ojos, yo sabía que estabas llorando cuando añadiste: Quiero que no nos veamos nunca más… ¡No te quiero!.
***
Acuerdaté que después pasamos tres días practicamente sin salir de tu cama, los dos con una gripe de caballo, escuchando una y otra vez tus discos de Puccini mientras, fuera, seguía lloviendo desesperadamente. Y tu me besabas llorando el cuello muchas veces. Y también me sonreías.

Tags:

El laberinto Interior

Un Blog de Poesía Breve. O algo.

Mi twitter dice cosas que no entiendo

  • Me tenían q haber invitado. Yo fui uno de los 30 del 1º concierto. Por eso y porq ha sido medio tostón. Venga no, que me ha gustado. Un poco 1 day ago
  • Concierto de Camera Obscura casi 10 años después del 1º: Las que quedan han envejecido fatalmente. 1 day ago
  • Hoy en el concierto de camera obscura me faltaba algo 2 days ago
  • Arnés correa bolsasNegras llaves collar correa masBolsas música chaqueta acción ... VidaPerra 3 days ago
  • Es que nadie t ha enseñado modales,maldita perra del infierno. No t mees d nuevo en mi cocina.T he sacado hace 2h. MiRocco nunca m haríaEsto 3 days ago
  • Blood runs through your veins... That's where our similarity ends. #blood 3 days ago
  • She is hearing voices... Blue pill red pill blue pill ... Milky amnesia ... #sheIsHearingVoices 3 days ago
  • I got a gnome in the backyard...i got it right at the back of my hand... You tell me right where your heart is. And where is mine,#Oh!Mandy 3 days ago
  • ...Embalsamado, fosilizado y sintetizado en mi propio ámbar de pánico. 5 days ago
  • ... Como una foto de cámara oscura reflejo de mi yo mismo primitivo... 5 days ago

Mi twitter dice cosas

El Laberinto Microscópico:

    Mi Twitter dice Cosas que no entiendo...

    Archivos

     

    Noviembre 2009
    L M X J V S D
    « Ago    
     1
    2345678
    9101112131415
    16171819202122
    23242526272829
    30