Fue aquella mañana que estábamos tan a gusto entre tus sábanas blancas y blandas, bañadas en el sol que se escurría desde la ventana. Sentía tus cariños y tus sutiles caricias, muy de lejos, pero a la vez envolviéndome de felicidad muy por dentro; tanto que me daban un placer extraño, como cosquillas interiores que no entendía del todo.
Y entonces, ocurrió. Me di cuenta que cada uno de tus besos, los más suaves, eran como un ojo minúsculo que plantabas en mi piel.
Y que cada uno de ellos se quedaba viviendo en un poro distinto de mi cuerpo y que echaba raíces: cada uno de esos ojillos un vigía que me observaba por fuera y también abría una ventanita en mi pellejo para verme por dentro.
Y no quise que pudieras ver cosas mías, de mi dentro, que yo mismo no podía, ni menos aún que me las contaras luego. Y me sentí muy débil, de nuevo.

Mientras tú me mirabas con los ojos de plato y de interrogación, dos puntos, no pude hacer otra cosa que salir corriendo.

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