Aquel día se levantó temprano, pero no estaba muy dormido. Con mucha prisa, se puso los pantalones antes de terminar de ponerse los calzoncillos, y los calcetines antes de terminar con sus pantalones, por aquello del ahorro de tiempo – maldito tiempo – malditas prisas.
Se levantó para acabar de vestirse, se vio en el espejo y congeló su movimiento, mirándose; sorprendido y trastornado por el extraño funcionamiento de su cabeza.

Su psiquiatra le decía que era todo normal y su psicoanalista empezó a hablarle de su madre.

Nunca supo quién de los dos le estaba tomando el pelo, así que tuvo que asesinar a ambos.
Mientras huía pensó que, aún si le encontraban y le encerraban, podría tener todo el tiempo del mundo, ahorrarlo o malgastarlo como quisiera; que iban a dejarle ya en paz.
Y por fin se acabarían todas las prisas.