Trabajaba en el bar que está justo enfrente del Viaducto y había conocido muchos suicidas.

Lo que más le molestaba de este asunto era que nunca era capaz de reconocerlos. Eran gente variopinta de toda calaña: siempre buena gente en general, educados, que decían gracias y dejaban propina y pedían palillo y servilletas a veces. Nunca reclamaban las tapas, pero no había otra cosa que los distinguiera de los demás. Unos parecían nerviosos y otros demasiado calmados. Unos hablaban sin parar y otros callaban. Enfadados, indignados, tristes, corruptos, infieles…Unos eran otros, y otros eran unos, porque él no se acordaba ya de mucho, pero lo cierto es que alguien que sabe que va a morir no despierta ningún tufillo putrefacto, ningún alumbramiento divino, ningún aura y ningún olor a cagalera. Eran gente bastante normal a simple vista y eso le jodía especialmente, porque él era gente-normal-a-simple-vista. Y podía acabar como ellos cualquier día.

Eso le hacía pensar. Las horas muertas del bar dan mucho juego. Se supone que alguien que deja lo único que somos, nuestro momento de consciencia desde que nacemos hasta que morimos, nuestra chispa de vida en la eternidad de la nada ¿la va a apagar conscientemente así, sin más conversación? debería hacer algo más, qué cojones: lanzar una proclama al mundo, llamar la atención, llorar, manifestarse, algo… Pero no, estaba harto de ver, casi una vez al mes, a gente que venía, pedía una o mil cañas y se iba directamente a las noticias, a la sección de sucesos del periódico local; sin pasar por la casilla de la autoproclamación.

Y eso le hizo confirmarse a sí mismo que la muerte no es nada especial ni del otro mundo. Venimos a nacer y a morir, y morirse es como rascarse la parte convexaposterior de la oreja, pero con mucho más teatro. Y que además él no tenía sensibilidad ninguna e inteligencia poca, por tanto debía callarse y pensar poco.

…Aquel día,… aquel día estaba especialmente distraído. Pero aquél día, apareció ella.

Y por primera vez en su vida camarera, en esta ocasión sí se dió cuenta de que algo pasaba. Algo le ocurría a esta chica. Tampoco era muy distinta de los otros, pero cuando entró en el bar era como que medio flotaba, no sé, como que andaba pero sin querer. Habló de cosas normales y mundanas, y hablaba, que no era poco, pero al final les daba un sutil giro indiferente, o una sentencia cínica de crueldad desapegada, una sensibilidad insensible que le hizo darse cuenta de que ella era uno de ELLOS.

Y de repente, ni coño supo por qué, después de ponerle la caña doble -que en su bar eran grandes como pintas con un golpe seco sobre la barra-, empezó a contarle una historia que le había contado su abuela.

A ver: creo recordar que la historia tenía unas plantas de tomate, guías, pimientos, y agua, y soles, y moraleja. Lo siento, pero no tenía una historia mejor, soltó la primera historia que se le vino a la cabeza, porque no era chaval de historias, ni siquiera recordaba completas las historias de su abuela. Y además esta historia, si te la cuentan en una peli con música de violines podía parecer algo, pero en realidad no era tan lahostia.

Sin embargo ella la escuchó, y de algún modo entendió lo que él quería decirle.

No dijo nada, permaneció en silencio. Sin comentario. Se quedó pensativa mirando al cielo que sobrevolaba los edificios y el Viaducto… Y desistió de abrazar el vacío. En lugar de acabar con su vida decidió empezar una nueva, que no tuviera mucho que ver con la actual. Entonces le miró, le sonrió mucho y le dijo me-pasaré-otro-día-cómo-te-llamas-oye. Y se fue del bar sin más, pero su manera de andar flotando era ahora mucho más rítmica y saltarina.

Entre nosotros: es probable que la historia fuera incluso inventada, pero aún así creo que a su abuela le hubiera gustado.

Así que se paró un poco a reflexionar sobre lo que había hecho, empezó a erguirse sutilmente, se limpió un poco la solapa y se estiró la chaquetilla de camarero.

Porque él ya no era gente-normal-a-simple-vista.

Y ella lo sabía.