Hoy, por fin me conseguí bañar en la piscina de tu padre. He engañado a tu asistenta, al guarda de noche y a tí misma. Malditas sean tus canciones que me atormentaban esta noche, los olores de aligustre y flores caducas de tu patio. No sabía por qué quería, ni por qué quise, nunca supe qué estaba buscando, pero te juro princesa, que esas burbujas, cuando miraba sin gafas a través del cloro de tu piscina inmensa, cuando veía a los peces que no existieran, los neptunos, las sirenas, sólo estaba viéndome retozar entre tréboles y margaritas, solo entre abismos de gotas de agua tan clara como infinita. No pretendía nada, sólo examinar si el centro de mi estómago era tan negro como mi alma, sólo quería una última ventaja, un desquite, un escándalo protagonista. Me costó tanto como mi vida aguantar la respiración tanto como pudiera, y aunque sabía que me estaba muriendo, era como un record mundial, un esperar para ver si podía, un reto estúpido infantil. Aguanté tanto que quise morir, cabezón, como decía mi madre, tanto como para no rendirme… Y créeme que mi último recuerdo no fue un helado de calippo ni un drácula ni un frigodedo, que sólo podía recordarte a tí aquella mañana que me diste una hostia por aquella cosa, y luego un abrazo, y luego el mejor beso de mi vida. Éramos jóvenes pero ahora lo somos más, ahora que sabemos que la vida se acaba, y que es tan maravillosa como corta. Y luego,… luego ya no me acuerdo.