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Fue aquella mañana que estábamos tan a gusto entre tus sábanas blancas y blandas, bañadas en el sol que se escurría desde la ventana. Sentía tus cariños y tus sutiles caricias, muy de lejos, pero a la vez envolviéndome de felicidad muy por dentro; tanto que me daban un placer extraño, como cosquillas interiores que no entendía del todo.
Y entonces, ocurrió. Me di cuenta que cada uno de tus besos, los más suaves, eran como un ojo minúsculo que plantabas en mi piel.
Y que cada uno de ellos se quedaba viviendo en un poro distinto de mi cuerpo y que echaba raíces: cada uno de esos ojillos un vigía que me observaba por fuera y también abría una ventanita en mi pellejo para verme por dentro.
Y no quise que pudieras ver cosas mías, de mi dentro, que yo mismo no podía, ni menos aún que me las contaras luego. Y me sentí muy débil, de nuevo.

Mientras tú me mirabas con los ojos de plato y de interrogación, dos puntos, no pude hacer otra cosa que salir corriendo.

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Aquel verano,… fue raro.

Aquel verano no hubo una canción del verano. -y punto-
Y eso no había pasado nunca. Nunca desde que P. había tenido uso de razón. -y nunca-
Desde pequeña, recordaba la radio de su abuela, la de su madre, la de su walkman, la de su vecino de la terraza de al lado, la de su coche, la del transistor de la playa,… y a todos ellos llegaba cada verano, implacable como el calor del asfalto o las vacaciones, una canción que se colaba en su vida por los agujerillos del altavoz y permanecía allí para siempre. Cada una de ellas le traía a su memoria un acontecimiento concreto, un cumpleaños, un primer amor, el olor del pelo de alguien, una comida, a un compañero de clase o al profesor de la autoescuela. Las había oído bailongas, pegadizas, alegres, maquineras y horteras, muy horteras. Pero SIEMPRE había existido una canción. Al menos UNA, cada verano.

El caso es que, aquel verano , los días pasaban, y las semanas,… Y ese himno estival que unía a la gente en el baile, en el tarareo, en los silbidos o en la crítica despectiva no llegaba nunca. Aquella cancioncilla que se pega en la parte trasera del cerebelo y no puedes dejar de cantar. La que une secretamente con sinapsis extrovertida las neuronas del inconsciente colectivo, formando una red de conexiones tan intangibles como beneficiosas para la salud popular.

Lo que más molestaba a P. era q nadie parecía darse cuenta: Nadie decía nada. La gente paseaba a sus perros -o viceversa-, tomaba cerveza y biterkás en las terrazas -o viceversa-, limpiaba-sus-gafas-de-sol-con-las-camisetas-de-algodón-fino-de-tan-buen-caer de-esas-que-venden-ahora-que-duran-sólo-dos-lavados … <suena un claxon, … uy que me duermo>… Y el ardor atravesaba el cuero cabelludo de P.. Se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo pensando al sol cuando empezaron a calentarse sus ideas al baño maría en círculos concéntricos. Pero llevada por la pasión embriagadora del pensamiento recalentado, decidió hacer algo. No podía quedarse demasiado tiempo sin hacer Nada. Se autoconvenció de que todo este asunto podía traer consecuencias catastróficas y de que ella podía hacer Algo. Y no era habitual que ella hiciera Algo, pero esta vez estaba en una misión-de-dios.

Muy científica ella, para descartar el muy posible hecho de que el efecto rallante de este verano sin vacaciones, o la ola de calor, le hubieran afectado demasiado al criterio, se encerró un día en su casa para reflexionar sobre todo ello. Y porque su vida social en los últimos meses tampoco ofrecía ninguna garantía de que no existiera tal canción y ella no hubiera sabido reconocerla. Y se dispuso a elaborar un estudio sociológico con los conocimientos tan pacientemente adquiridos en la Facultad.

Y salió a la calle, determinada a encuestar a todo aquel que cruzara su camino. No tenía demasiada pinta de socióloga. O de encuestadora. O de periodista. O de casi nada… y tuvo problemas. Con sus malos pelos y su mirada intensa, tuvo problemas. Algunas personas no le respondían, otras no le miraban, algunas le dieron pequeños empujones, una colleja, un bolsazo y otros hasta le insultaron. Pero perseveró. Perseveró mucho y consiguió muchas respuestas… y después leyó el recuento en alto, con voz de bingo, para desdramatizar un poco. Y no había canción con más de tres votos. Era evidente que no parecía haber una canción con un mínimo de carisma generalizado. Ahora estaba segura de que el mundo estaba perdido; perdido e ignorante. Pero, por si acaso, intentó seguir siendo objetiva hasta el final. Recorrió chiringuitos, terrazas, baretos y garitos. Entró en varias discos, algún club, algunos locales de moda y otros no tanto. En aquellos sitios donde no tuvo discrepancias previas con el señor de la entrada, constató a ciencia cierta -que ella era muy fina-, que no existía en absoluto unanimidad sobre la cuestión. Sonaban canciones conocidas, alguna incluso pegadiza, pero ninguna se llevaba el título indiscutible de canción del verano. ¿Dónde se habían metido los Georgie Dann, Los King Africa, los reggaetones o el Dúo Dinámico…? Aquella última noche, P. estaba muy triste. Alcohol con Depresión servidos entre los cubitos del cubata.

El año que siguió a aquel verano no fue demasiado bueno y sólo ella sabía la razóón de todo. La morriña parecía apoderarse de ella y la tristeza, de la gente. Hubo disputas en la comunidad de vecinos, problemas con su portero, atracos en el barrio y hasta una violación. También un muerto. La economía fue desastrosa en el país durante muchos años a cuenta de la Burbuja y su hermana mayor perdió todos sus ahorros en la Bolsa. Una masa uniformemente gris recalcitrante se apoderaba de la ciudad. La primavera llegó pero no salía demasiado el sol, ni siquiera llovía. No se veían niños recién nacidos por ningún sitio y P. se sentía muy mal, cada vez peor. Esa noche, en su casa, se agarró de nuevo al delirium tremens con desesperación. A la mañana siguiente, la Resaca implacable diagnosticaba muerte por desazón. El contorno de P. se desdibujaba por momentos. No tenía energías para hacer lo que debía hacer, pero tuvo un impulso y se levantó del sofá despacio, muy despacio. Pasó de largo por delante de dos cajas de somníferos sobre la mesa y fue a por su guitarra, sí, la que llevaba 20 años enterrada en polvo y llena de pelusas con nombre propio. El verano siguiente no se quedaría también huérfano de canciones. Miró los trastes. Miró las cuerdas. Y comenzó a tocarlas despacito.

 

 

 

 

 

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N. del A.: Este relato medio surrealista medio esperpéntico basado en hechos reales fue escrito después del verano de 2007, cuando unos todavía decían que España iba bien y otros que estábamos en la champions económica mundial. Lamentablemente la mayoría de los hechos descritos se produjeron posteriormente y si lo preguntas, no, aquel verano no existió un perfecto hit veraniego como todos los años.

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El laberinto Interior

Un Blog de Poesía Breve. O algo.

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