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Ella volvía un día a su casa del trabajo tarde, muy tarde; más tarde incluso del afterwork. Al girar la llave de la puerta, los cerrojos hicieron el mismo sonido de siempre, pero sutilmente distintos; más suaves. Abrió, entró y fue encendiendo las luces muy despacio, para relajar una extraña intuición que le agobiaba la nuca. Pero todo parecía en su sitio, perfectamente en su sitio.
Sin embargo algo había cambiado, y …ella lo notaba. No conseguía averiguar qué era todavía y de momento sólo parecía que todo olía más fresco, más ventilado.

Cuando lo lograra entender, la mañana siguiente iba a ser distinta de todas las anteriores. Mucho más limpia. Mucho más nueva.

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Tenía las piernas como dos palillos chinos: largas, pálidas y rectas. Sin ninguna curva porque eran tan delgadas, que las curvas eran imposibles si no eran cóncavas.

Andaba deprisa y a trompicones, con el sentido del ritmo imposible que había heredado inconscientemente de Ian Curtis. Parecía que se iba a caer en cualquier momento. Pero en realidad era tan fuerte como una jirafa y testaruda como un toro de piedra. Y nunca miraba a los lados. Parecía saber siempre donde dirigía, y además, tener muchíiisima prisa.

Pero lo cierto es que no lo sabía; sólo sabía de modo aproximado lo que estaba buscando, y menos dónde encontrarlo.

Y así recorría la ciudad, cada mañana y cada noche, como si ésa fuese la última noche y la última mañana de After Hours, como si fuese a encontrarse con su propio espejo en alguna esquina, como si hubiera un desayuno para ella en algún café.

Como si las agotadas piernas de palillo chino fuesen por fin a encontrar descanso.

Ella no podía hacer dieta porque amaba demasiado a su perro.

Le daba los restos de la chuleta barbacoada cada noche y esta era su pequeña ceremonia privada de cariño cotidiano.

Por las mañanas era otra cosa.
Por las mañanas ya era tiempo de pensar en pajarillos, rincones abiertos, playas de Sorolla y cereales fibrosos con muy bajo índice glucémico.

Y aún más bajo índice de amor.

Trabajaba en el bar que está justo enfrente del Viaducto y había conocido muchos suicidas.

Lo que más le molestaba de este asunto era que nunca era capaz de reconocerlos. Eran gente variopinta de toda calaña: siempre buena gente en general, educados, que decían gracias y dejaban propina y pedían palillo y servilletas a veces. Nunca reclamaban las tapas, pero no había otra cosa que los distinguiera de los demás. Unos parecían nerviosos y otros demasiado calmados. Unos hablaban sin parar y otros callaban. Enfadados, indignados, tristes, corruptos, infieles…Unos eran otros, y otros eran unos, porque él no se acordaba ya de mucho, pero lo cierto es que alguien que sabe que va a morir no despierta ningún tufillo putrefacto, ningún alumbramiento divino, ningún aura y ningún olor a cagalera. Eran gente bastante normal a simple vista y eso le jodía especialmente, porque él era gente-normal-a-simple-vista. Y podía acabar como ellos cualquier día.

Eso le hacía pensar. Las horas muertas del bar dan mucho juego. Se supone que alguien que deja lo único que somos, nuestro momento de consciencia desde que nacemos hasta que morimos, nuestra chispa de vida en la eternidad de la nada ¿la va a apagar conscientemente así, sin más conversación? debería hacer algo más, qué cojones: lanzar una proclama al mundo, llamar la atención, llorar, manifestarse, algo… Pero no, estaba harto de ver, casi una vez al mes, a gente que venía, pedía una o mil cañas y se iba directamente a las noticias, a la sección de sucesos del periódico local; sin pasar por la casilla de la autoproclamación.

Y eso le hizo confirmarse a sí mismo que la muerte no es nada especial ni del otro mundo. Venimos a nacer y a morir, y morirse es como rascarse la parte convexaposterior de la oreja, pero con mucho más teatro. Y que además él no tenía sensibilidad ninguna e inteligencia poca, por tanto debía callarse y pensar poco.

…Aquel día,… aquel día estaba especialmente distraído. Pero aquél día, apareció ella.

Y por primera vez en su vida camarera, en esta ocasión sí se dió cuenta de que algo pasaba. Algo le ocurría a esta chica. Tampoco era muy distinta de los otros, pero cuando entró en el bar era como que medio flotaba, no sé, como que andaba pero sin querer. Habló de cosas normales y mundanas, y hablaba, que no era poco, pero al final les daba un sutil giro indiferente, o una sentencia cínica de crueldad desapegada, una sensibilidad insensible que le hizo darse cuenta de que ella era uno de ELLOS.

Y de repente, ni coño supo por qué, después de ponerle la caña doble -que en su bar eran grandes como pintas con un golpe seco sobre la barra-, empezó a contarle una historia que le había contado su abuela.

A ver: creo recordar que la historia tenía unas plantas de tomate, guías, pimientos, y agua, y soles, y moraleja. Lo siento, pero no tenía una historia mejor, soltó la primera historia que se le vino a la cabeza, porque no era chaval de historias, ni siquiera recordaba completas las historias de su abuela. Y además esta historia, si te la cuentan en una peli con música de violines podía parecer algo, pero en realidad no era tan lahostia.

Sin embargo ella la escuchó, y de algún modo entendió lo que él quería decirle.

No dijo nada, permaneció en silencio. Sin comentario. Se quedó pensativa mirando al cielo que sobrevolaba los edificios y el Viaducto… Y desistió de abrazar el vacío. En lugar de acabar con su vida decidió empezar una nueva, que no tuviera mucho que ver con la actual. Entonces le miró, le sonrió mucho y le dijo me-pasaré-otro-día-cómo-te-llamas-oye. Y se fue del bar sin más, pero su manera de andar flotando era ahora mucho más rítmica y saltarina.

Entre nosotros: es probable que la historia fuera incluso inventada, pero aún así creo que a su abuela le hubiera gustado.

Así que se paró un poco a reflexionar sobre lo que había hecho, empezó a erguirse sutilmente, se limpió un poco la solapa y se estiró la chaquetilla de camarero.

Porque él ya no era gente-normal-a-simple-vista.

Y ella lo sabía.

Negro. Todo esta negro.

Empieza a sonar de fondo una canción de Stereolab, por ejemplo”Metronomic Underground” muy bajito. Y Todo sigue negro y a tí parece no importarte. Seguro que piensas que es normal porque es de noche y no ha amanecido todavía. Y sí, pero no. Hay algo más que lo hace todo más negro, una oscuridad que no se lava con cuatro fotones de claridad medio rara. Ya empieza a amanecer y tú sigues caminando. No ves casi nada pero aún así sabes como orientarte por el centro de las calles apagadas. Ahora que ya empieza a verse el cielo sonríes. “Metronomic…” suena más alta poco a poco y te está dando algo de fuerzas. Supongo que crees que te sonríes del mundo y que has superado otra noche más. Pero eso nunca se sabe. Nunca has sabido distinguir la noche del negro, así que ahora más que nunca deberías saber que esta claridad, estos primeros rayos de sol que rebosan al final de la calle por encima de la colina, no significan nada. Son un pequeño espejismo pasajero y la energía de tu cuerpo, tu optimismo, bajará en cuanto empiece a levantarse el sol tan traicionero. “Metronomic Underground” está en su punto máximo, pero acabará, como todas las canciones, y tú deberías aprovechar para dormir de una vez por todas este amanecer eterno, que llevas seis días sin descansar, y hoy, aunque no lo parezca, el día es más negro que otros días.

Ella. Las había estado deseando mucho tiempo. Pero sólo aquella noche consiguió esperar con paciencia, enhebrada de un cielo muy negro fecundado de astros. Aguardó hasta que empezaba a hacer frío y la humedad de la arena se colaba por su espalda. Y por fin aparecieron estelarmente -Las Estrellas Fugaces- y Ella sonrió, arrugando los ojillos para concentrarse y pedirles su primer y único deseo, el que tenía guardado desde siempre.

No tuvo que esperar mucho. Se lo concedieron instantáneamente y enseguida se sintió muy feliz. Infinítamente feliz y completa.  Pero la alegría desbordada empezó a desvanecerse casi tan pronto como había llegado. El deseo permaneció cumplido, pero la felicidad adyacente le había durado sólo un rato.

No había contado con que eran estrellas fugaces.

-.-

Él. Tumbado en la playa junto a Ella, enseguida vió la primera estrella fugaz. Y no tardó impaciente en pedir también su deseo. La Estrella comenzó a crecer iluminándose poco a poco, cada vez un poco más. Y al ver cómo se hacía más grande, se pidió tomarlo como una señal o un presagio divino. Y siguió pidiendo más, y más deseos. La Estrella crecía y crecía y Él … había entrado en una especie de trance de avaricia convulsiva.

Murió fugazmente ya casi de madrugada. Aplastado por un meteorito o un cometa o una bola de fuego o, más probablemente, una bolsa de excrementos caída de la Estación Espacial Europea.

Aquel día se levantó temprano, pero no estaba muy dormido. Con mucha prisa, se puso los pantalones antes de terminar de ponerse los calzoncillos, y los calcetines antes de terminar con sus pantalones, por aquello del ahorro de tiempo – maldito tiempo – malditas prisas.
Se levantó para acabar de vestirse, se vio en el espejo y congeló su movimiento, mirándose; sorprendido y trastornado por el extraño funcionamiento de su cabeza.

Su psiquiatra le decía que era todo normal y su psicoanalista empezó a hablarle de su madre.

Nunca supo quién de los dos le estaba tomando el pelo, así que tuvo que asesinar a ambos.
Mientras huía pensó que, aún si le encontraban y le encerraban, podría tener todo el tiempo del mundo, ahorrarlo o malgastarlo como quisiera; que iban a dejarle ya en paz.
Y por fin se acabarían todas las prisas.

Fue aquella mañana que estábamos tan a gusto entre tus sábanas blancas y blandas, bañadas en el sol que se escurría desde la ventana. Sentía tus cariños y tus sutiles caricias, muy de lejos, pero a la vez envolviéndome de felicidad muy por dentro; tanto que me daban un placer extraño, como cosquillas interiores que no entendía del todo.
Y entonces, ocurrió. Me di cuenta que cada uno de tus besos, los más suaves, eran como un ojo minúsculo que plantabas en mi piel.
Y que cada uno de ellos se quedaba viviendo en un poro distinto de mi cuerpo y que echaba raíces: cada uno de esos ojillos un vigía que me observaba por fuera y también abría una ventanita en mi pellejo para verme por dentro.
Y no quise que pudieras ver cosas mías, de mi dentro, que yo mismo no podía, ni menos aún que me las contaras luego. Y me sentí muy débil, de nuevo.

Mientras tú me mirabas con los ojos de plato y de interrogación, dos puntos, no pude hacer otra cosa que salir corriendo.

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Un día te encontraste aquel paraguas negro y gastado apoyado en un banco del parque. Recuerda que te encantó su empuñadura roja brillante con grabados. Te pareció un paraguas muy alegre.
Interpretaste aquel paraguas como una especie de señal y, después de una mirada pensativa, lo adoptaste como símbolo de tu nueva madurez -tu siempre habías odiado los paraguas-. Desde entonces te hiciste el propósito de cambiar de vida, de ser más ordenada, más responsable y menos desmemoriada, y ese paraguas era para tí el paradigma del cambio. Y te lo tomaste en serio, demasiado en serio en mi opinión. Recuerdo que al menor atisbo de nubes en el cielo cogías tu paraguas-negro-con-su-mango-rojo-brillante al salir de casa y lo llevabas siempre contigo a todas partes. Varias veces te avisé cuando lo dejabas olvidado en una cafetería o encima del mostrador del kiosko de tabaco, pero en general, conseguiste ser bastante disciplinada con el asunto. Aunque a veces se te caía al suelo, o golpeabas en el metro a algún pasajero distraida, lo mirabas orgullosa cada vez que conseguías salir de un sitio con el paraguas en la mano, sin olvidarlo y decías: ¡qué paraguas tan bonito! y con sonrisa triunfal, te sentías por instantes una persona normal. En el fondo estabas deseando que lloviera, para demostrar que habías sabido ser paciente en tu nueva maternidad y que la espera y el orden podían darte finalmente sus frutos. Pero aquel año, recuérdalo, fue el año de la sequía y no había manera de que lloviera. Y pasaron los meses, muchos y tú cada dos por tres, con tu paraguas a cuestas, tu sonrisa triunfal y tu qué-paraguas-tan-precioso.
Pero un día, por sorpresa, cuando salíamos de aquél café tan oscuro que tanto nos gustaba, llovía. Llovía tan fuerte como hacía muchos años que no llovía, como si el agua hubiera estado esperando encerrada dentro de una nube en una presa que ahora se había reventado de repente. Me miraste girando la cabeza muy despacio mientras empezabas a sonreir muy levemente, el agua cayéndote en chaparrón sobre el pelo; tu expresión todavía más triunfal de lo habitual. Bajaste la vista y le dijiste a tu paraguas lentamente y en voz baja: ¡Dios, que paraguas tan bonito! y comenzaste extender los brazos, recreándote en el momento, y lo abrías mientras lo mirabas sonriente y el agua se escurría implacable por tu frente. Pero al empujar el mecanismo de apertura y abrirlo, no sólo estaban rotas algunas varillas, sino que la tela estaba perforada por dos grandes agujeros que habían quedado ocultos entre los pliegues. La triste verdad era que nunca lo habías llegado a abrir para comprobar si estaba entero o si funcionaba… Sin sorpresa en tus ojos, tras una pausa infinita, comenzaste a partirte de risa repentínamente y los dos nos sentamos a carcajadas en la acera, tan empapados que ya nada importaba demasiado, sin parar de reir durante varios minutos… Luego dejaste de reir un poco, nos levantamos y abandonaste el paraguas abierto sobre la acera, mientras nos alejábamos caminando por el centro de la calle. Entonces me miraste otra vez, ahora muy seria, y me soltaste a bocajarro: Es inútil,…algunas cosas nunca cambian. Y aunque era fácil disimularlo, con la lluvia resbalando por tus ojos, yo sabía que estabas llorando cuando añadiste: Quiero que no nos veamos nunca más… no, ¡No te quiero!.

***
Acuérdate que después pasamos tres días prácticamente sin salir de tu cama, en aquella habitación tan pequeña, los dos con una gripe de caballo, escuchando una y otra vez tus discos de Puccini mientras afuera, en la calle, seguía lloviendo desesperadamente. Y tú me besabas llorando el cuello muchas veces. Y también me sonreías.

 

 

(si este relato te ha recordado a París, ver comentarios)

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Aquel verano,… fue raro.

Aquel verano no hubo una canción del verano. -y punto-
Y eso no había pasado nunca. Nunca desde que P. había tenido uso de razón. -y nunca-
Desde pequeña, recordaba la radio de su abuela, la de su madre, la de su walkman, la de su vecino de la terraza de al lado, la de su coche, la del transistor de la playa,… y a todos ellos llegaba cada verano, implacable como el calor del asfalto o las vacaciones, una canción que se colaba en su vida por los agujerillos del altavoz y permanecía allí para siempre. Cada una de ellas le traía a su memoria un acontecimiento concreto, un cumpleaños, un primer amor, el olor del pelo de alguien, una comida, a un compañero de clase o al profesor de la autoescuela. Las había oído bailongas, pegadizas, alegres, maquineras y horteras, muy horteras. Pero SIEMPRE había existido una canción. Al menos UNA, cada verano.

El caso es que, aquel verano , los días pasaban, y las semanas,… Y ese himno estival que unía a la gente en el baile, en el tarareo, en los silbidos o en la crítica despectiva no llegaba nunca. Aquella cancioncilla que se pega en la parte trasera del cerebelo y no puedes dejar de cantar. La que une secretamente con sinapsis extrovertida las neuronas del inconsciente colectivo, formando una red de conexiones tan intangibles como beneficiosas para la salud popular.

Lo que más molestaba a P. era q nadie parecía darse cuenta: Nadie decía nada. La gente paseaba a sus perros -o viceversa-, tomaba cerveza y biterkás en las terrazas -o viceversa-, limpiaba-sus-gafas-de-sol-con-las-camisetas-de-algodón-fino-de-tan-buen-caer de-esas-que-venden-ahora-que-duran-sólo-dos-lavados … <suena un claxon, … uy que me duermo>… Y el ardor atravesaba el cuero cabelludo de P.. Se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo pensando al sol cuando empezaron a calentarse sus ideas al baño maría en círculos concéntricos. Pero llevada por la pasión embriagadora del pensamiento recalentado, decidió hacer algo. No podía quedarse demasiado tiempo sin hacer Nada. Se autoconvenció de que todo este asunto podía traer consecuencias catastróficas y de que ella podía hacer Algo. Y no era habitual que ella hiciera Algo, pero esta vez estaba en una misión-de-dios.

Muy científica ella, para descartar el muy posible hecho de que el efecto rallante de este verano sin vacaciones, o la ola de calor, le hubieran afectado demasiado al criterio, se encerró un día en su casa para reflexionar sobre todo ello. Y porque su vida social en los últimos meses tampoco ofrecía ninguna garantía de que no existiera tal canción y ella no hubiera sabido reconocerla. Y se dispuso a elaborar un estudio sociológico con los conocimientos tan pacientemente adquiridos en la Facultad.

Y salió a la calle, determinada a encuestar a todo aquel que cruzara su camino. No tenía demasiada pinta de socióloga. O de encuestadora. O de periodista. O de casi nada… y tuvo problemas. Con sus malos pelos y su mirada intensa, tuvo problemas. Algunas personas no le respondían, otras no le miraban, algunas le dieron pequeños empujones, una colleja, un bolsazo y otros hasta le insultaron. Pero perseveró. Perseveró mucho y consiguió muchas respuestas… y después leyó el recuento en alto, con voz de bingo, para desdramatizar un poco. Y no había canción con más de tres votos. Era evidente que no parecía haber una canción con un mínimo de carisma generalizado. Ahora estaba segura de que el mundo estaba perdido; perdido e ignorante. Pero, por si acaso, intentó seguir siendo objetiva hasta el final. Recorrió chiringuitos, terrazas, baretos y garitos. Entró en varias discos, algún club, algunos locales de moda y otros no tanto. En aquellos sitios donde no tuvo discrepancias previas con el señor de la entrada, constató a ciencia cierta -que ella era muy fina-, que no existía en absoluto unanimidad sobre la cuestión. Sonaban canciones conocidas, alguna incluso pegadiza, pero ninguna se llevaba el título indiscutible de canción del verano. ¿Dónde se habían metido los Georgie Dann, Los King Africa, los reggaetones o el Dúo Dinámico…? Aquella última noche, P. estaba muy triste. Alcohol con Depresión servidos entre los cubitos del cubata.

El año que siguió a aquel verano no fue demasiado bueno y sólo ella sabía la razóón de todo. La morriña parecía apoderarse de ella y la tristeza, de la gente. Hubo disputas en la comunidad de vecinos, problemas con su portero, atracos en el barrio y hasta una violación. También un muerto. La economía fue desastrosa en el país durante muchos años a cuenta de la Burbuja y su hermana mayor perdió todos sus ahorros en la Bolsa. Una masa uniformemente gris recalcitrante se apoderaba de la ciudad. La primavera llegó pero no salía demasiado el sol, ni siquiera llovía. No se veían niños recién nacidos por ningún sitio y P. se sentía muy mal, cada vez peor. Esa noche, en su casa, se agarró de nuevo al delirium tremens con desesperación. A la mañana siguiente, la Resaca implacable diagnosticaba muerte por desazón. El contorno de P. se desdibujaba por momentos. No tenía energías para hacer lo que debía hacer, pero tuvo un impulso y se levantó del sofá despacio, muy despacio. Pasó de largo por delante de dos cajas de somníferos sobre la mesa y fue a por su guitarra, sí, la que llevaba 20 años enterrada en polvo y llena de pelusas con nombre propio. El verano siguiente no se quedaría también huérfano de canciones. Miró los trastes. Miró las cuerdas. Y comenzó a tocarlas despacito.

 

 

 

 

 

_

N. del A.: Este relato medio surrealista medio esperpéntico basado en hechos reales fue escrito después del verano de 2007, cuando unos todavía decían que España iba bien y otros que estábamos en la champions económica mundial. Lamentablemente la mayoría de los hechos descritos se produjeron posteriormente y si lo preguntas, no, aquel verano no existió un perfecto hit veraniego como todos los años.

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El laberinto Interior

Un Blog de Poesía Breve. O algo.

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