En El Laberinto Exterior está todo aquello que no es poesía. Micro-relatos, micro-cuentos, micro-historias...Todo muy pequeñito, que desde aquí abajo se ve todo muy pequeñito. Y la alcantarilla sólo es otra puerta más entre el Laberinto Exterior y el Laberinto Interior. Historias de Alcantarilla : o de cómo destripar la ciudad oculta

Fue aquella mañana que estábamos tan a gusto entre tus sábanas blancas y blandas, bañadas en el sol que se escurría desde la ventana. Sentía tus cariños y tus sutiles caricias muy de lejos pero a la vez muy por dentro, tanto que me daban un placer extraño, como cosquillas interiores que no entendía del todo.Y entonces, me dí cuenta que cada uno de tus besos, los más suaves, eran como un ojo minúsculo que plantabas en mi piel. Y que cada uno de ellos se quedaba viviendo en un poro distinto de mi cuerpo y echaba raíces, cada uno de esos ojillos un vigía que me observaba por fuera que también abría una ventanita en mi pellejo para verme por dentro.Y no quise que pudieras ver cosas mías, de mi dentro, que yo mismo no podía, ni menos aún que me las contaras luego. Y me sentí muy débil, de nuevo. Mientras tu me mirabas con los ojos de plato y de interrogación, dos puntos, no pude hacer otra cosa que salir corriendo.Tags:

Un día te encontraste aquél paraguas negro y gastado apoyado en un banco del parque. Recuerda que te encantó su empuñadura roja brillante con grabados. Te pareció un paraguas muy alegre.Interpretaste aquel paraguas como una especie de señal y después de una mirada pensativa, lo adoptaste como símbolo de tu nueva madurez -tu siempre habías odiado los paraguas-. Desde entonces te hiciste el propósito de cambiar de vida, de ser más ordenada, más responsable y menos desmemoriada, y ese paraguas era para tí el paradigma del cambio. Y te lo tomaste en serio, demasiado en serio en mi opinión. Recuerdo que al menor atisbo de nubes en el cielo cogías tu paraguas-negro-con-su-mango-rojo-brillante al salir de casa y lo llevabas siempre contigo a todas partes. Varias veces te avisé cuando lo dejabas olvidado en una cafetería o encima del mostrador del kiosko de tabaco, pero en general, conseguiste ser bastante disciplinada con el asunto. Aunque a veces se te caía al suelo, o golpeabas en el metro a algún pasajero distraida, cada vez que conseguías salir de un sitio con el paraguas en la mano, sin olvidarlo, lo mirabas orgullosa y decías: ¡qué paraguas tan bonito! y con sonrisa triunfal, te sentías por instantes una persona normal. En el fondo estabas deseando que lloviera, para demostrar que habías sabido ser paciente en tu nueva maternidad y que la espera y el orden podían darte sus frutos. Pero aquel año, recuérdalo, fue el año de la sequía y no había manera de que lloviera. Y pasaron los meses, muchos, y tú cada dos por tres con tu paraguas a cuestas, tu sonrisa triunfal y tu qué-paraguas-tan-precioso.Pero un día, por sorpresa, cuando salíamos de aquél café tan oscuro que tanto nos gustaba, llovía. Llovía tan fuerte como hacía muchos años que no llovía, como si el agua hubiera estado esperando encerrada dentro de una nube en una presa que ahora se había reventado de repente. Me miraste girando la cabeza muy despacio mientras empezabas a sonreir muy levemente, el agua cayéndote en chaparrón sobre el pelo; tu expresión todavía más triunfal de lo habitual. Bajaste la vista y le dijiste a tu paraguas lentamente y en voz baja: ¡Diós, que paraguas tan bonito! y comenzaste extender los brazos, recreándote en el momento, y lo abrías mientras lo mirabas sonriente y el agua se escurría implacable por tu frente. Pero al empujar el mecanismo de apertura y abrirlo, no sólo estaban rotas algunas varillas, sino que la tela tenía dos grandes agujeros que habían quedado ocultos entre los pliegues. La triste verdad era que nunca lo habías llegado a abrir para comprobar si estaba entero o si funcionaba… Sin sorpresa en tus ojos, comenzaste a partirte de risa repentínamente y los dos nos sentamos a carcajadas en la acera, tan empapados que ya nada importaba demasiado, sin parar de reir durante varios minutos… Luego dejaste de reir un poco, nos levantamos y abandonaste el paraguas abierto sobre la acera, mientras nos alejábamos caminando por el centro de la calle. Entonces me miraste otra vez, ahora muy seria, y me soltaste a bocajarro: Es inútil, algunas cosas nunca cambian. Y aunque era fácil disimularlo, con la lluvia resbalando por tus ojos, yo sabía que estabas llorando cuando añadiste: Quiero que no nos veamos nunca más… ¡No te quiero!.***Acuerdaté que después pasamos tres días practicamente sin salir de tu cama, los dos con una gripe de caballo, escuchando una y otra vez tus discos de Puccini mientras, fuera, seguía lloviendo desesperadamente. Y tu me besabas llorando el cuello muchas veces. Y también me sonreías.

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Aquel verano sin canción

 

Aquel verano,… fue raro. Aquel verano no hubo una canción del verano. -y punto- Y eso no había pasado nunca. Nunca desde que P. había tenido uso de razón. -y nunca- Desde pequeña, recordaba la radio de su abuela, la de su madre, la de su walkman, la de su vecino de la terraza de al lado, la de su coche, la del transistor de la playa,… y a todos ellos llegaba cada verano, implacable como el calor del asfalto o las vacaciones, una canción que se colaba en su vida por los agujerillos del altavoz y permanecía allí para siempre. Cada una de ellas le traía a su memoria un acontecimiento concreto, un cumpleaños, un primer amor, el olor del pelo de alguien, una comida, a un compañero de clase o al profesor de la autoescuela. Las había oído bailongas, pegadizas, alegres, maquineras y horteras, muy horteras. Pero SIEMPRE había existido una canción. Al menos UNA, cada verano. El caso es que, aquel verano , los días pasaban, y las semanas,… Y ese himno estival que unía a la gente en el baile, en el tarareo, en los silbidos o en la crítica despectiva no llegaba nunca. Aquella cancioncilla que se pega en la parte trasera del cerebelo y no puedes dejar de cantar. La que une secretamente con sinapsis extrovertida las neuronas del inconsciente colectivo, formando una red de conexiones tan intangibles como beneficiosas para la salud popular. Lo que más molestaba a P. era q nadie parecía darse cuenta: Nadie decía nada. La gente paseaba a sus perros -o viceversa-, tomaba cerveza y biterkás en las terrazas -o viceversa-, limpiaba-sus-gafas-de-sol-con-las-camisetas-de-algodón-fino-de-tan-buen-caer-de-esas-que-venden-ahora-que-duran-sólo-dos-lavados…<suena un claxon, … uy que me duermo>… Y el ardor atravesaba el cuero cabelludo de P.. Se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo pensando al sol cuando empezaron a calentarse sus ideas al baño maría en círculos concéntricos. Pero llevada por la pasión embriagadora del pensamiento recalentado, decidió hacer algo. No podía quedarse demasiado tiempo sin hacer Nada. Se autoconvenció de que todo este asunto podía traer consecuencias catastróficas y de que ella podía hacer Algo. Y no era habitual que ella hiciera Algo, pero esta vez estaba en una misión-de-dios. Muy científica ella, para descartar el muy posible hecho de que el efecto rallante de este verano sin vacaciones, o la ola de calor, le hubieran afectado demasiado al criterio, se encerró un día en su casa para reflexionar sobre todo ello. Y porque su vida social en los últimos meses tampoco ofrecía ninguna garantía de que no existiera tal canción y ella no hubiera sabido reconocerla. Y se dispuso a elaborar un estudio sociológico con los conocimientos tan pacientemente adquiridos en la Facultad. Y salió a la calle, determinada a encuestar a todo aquel que cruzara su camino. No tenía demasiada pinta de socióloga. O de encuestadora. O de periodista. O de casi nada… y tuvo problemas. Con sus malos pelos y su mirada intensa, tuvo problemas. Algunas personas no le respondían, otras no le miraban, algunas le dieron pequeños empujones, una colleja, un bolsazo y otros hasta le insultaron. Pero perseveró. Perseveró mucho y consiguió muchas respuestas… y después leyó el recuento en alto, con voz de bingo, para desdramatizar un poco. Y no había canción con más de tres votos. Era evidente que no parecía haber una canción con un mínimo de carisma generalizado. Ahora estaba segura de que el mundo estaba perdido; perdido e ignorante. Pero, por si acaso, intentó seguir siendo objetiva hasta el final. Recorrió chiringuitos, terrazas, baretos y garitos. Entró en varias discos, algún club, algunos locales de moda y otros no tanto. En aquellos sitios donde no tuvo discrepancias previas con el señor de la entrada, constató a ciencia cierta -que ella era muy fina-, que no existía en absoluto unanimidad sobre la cuestión. Sonaban canciones conocidas, alguna incluso pegadiza, pero ninguna se llevaba el título indiscutible de canción del verano. ¿Dónde se habían metido los Georgie Dann, Los King Africa, los reggaetones o el Dúo Dinámico…? Aquella última noche, P. estaba muy triste. Alcohol con Depresión servidos entre los cubitos del cubata. El año que siguió a aquel verano no fue demasiado bueno. La morriña parecía apoderarse de ella y la tristeza, de la gente. Hubo disputas en la comunidad de vecinos, problemas con su portero, atracos en el barrio y hasta una violación. También un muerto. La economía fue desastrosa en el país a cuenta de la Burbuja y su hermana mayor perdió todos sus ahorros en la Bolsa. Una masa uniformemente gris recalcitrante se apoderaba de la ciudad. La primavera llegó pero no salía demasiado el sol, ni siquiera llovía. No se veían niños recién nacidos por ningún sitio y P. se sentía muy mal, cada vez peor. Esa noche, en su casa, se agarró de nuevo al delirium tremens con desesperación. A la mañana siguiente, la Resaca implacable diagnosticaba muerte por desazón. El contorno de P. se desdibujaba por momentos. No tenía energías para hacer lo que debía hacer, pero tuvo un impulso y se levantó del sofá despacio, muy despacio. Pasó de largo por delante de dos cajas de somníferos sobre la mesa y fue a por la guitarra, sí, la que llevaba 20 años enterrada en polvo y llena de pelusas con nombre propio. El verano siguiente no se quedaría también huérfano de canciones. Miró los trastes. Miró las cuerdas. Y comenzó a tocarlas despacito.Jueves, Septiembre 27th in Historias, _literatura, literatura, pensamientos

El laberinto Interior

Un Blog de Poesía Breve. O algo.

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Supongo que la canción del verano siguiente sería propia de Facto delafé, o Limousine, o Radiohead, o Massive attack, o…


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