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Ella. Las había estado deseando mucho tiempo. Pero sólo aquella noche consiguió esperar con paciencia, enhebrada de un cielo muy negro fecundado de astros. Aguardó hasta que empezaba a hacer frío y la humedad de la arena se colaba por su espalda. Y por fin aparecieron estelarmente -Las Estrellas Fugaces- y Ella sonrió, arrugando los ojillos para concentrarse y pedirles su primer y único deseo, el que tenía guardado desde siempre.

No tuvo que esperar mucho. Se lo concedieron instantáneamente y enseguida se sintió muy feliz. Infinítamente feliz y completa.  Pero la alegría desbordada empezó a desvanecerse casi tan pronto como había llegado. El deseo permaneció cumplido, pero la felicidad adyacente le había durado sólo un rato.

No había contado con que eran estrellas fugaces.

-.-

Él. Tumbado en la playa junto a Ella, enseguida vió la primera estrella fugaz. Y no tardó impaciente en pedir también su deseo. La Estrella comenzó a crecer iluminándose poco a poco, cada vez un poco más. Y al ver cómo se hacía más grande, se pidió tomarlo como una señal o un presagio divino. Y siguió pidiendo más, y más deseos. La Estrella crecía y crecía y Él … había entrado en una especie de trance de avaricia convulsiva.

Murió fugazmente ya casi de madrugada. Aplastado por un meteorito o un cometa o una bola de fuego o, más probablemente, una bolsa de excrementos caída de la Estación Espacial Europea.

Aquel día se levantó temprano, pero no estaba muy dormido. Con mucha prisa, se puso los pantalones antes de terminar de ponerse los calzoncillos, y los calcetines antes de terminar con sus pantalones, por aquello del ahorro de tiempo – maldito tiempo – malditas prisas.
Se levantó para acabar de vestirse, se vio en el espejo y congeló su movimiento, mirándose; sorprendido y trastornado por el extraño funcionamiento de su cabeza.

Su psiquiatra le decía que era todo normal y su psicoanalista empezó a hablarle de su madre.

Nunca supo quién de los dos le estaba tomando el pelo, así que tuvo que asesinar a ambos.
Mientras huía pensó que, aún si le encontraban y le encerraban, podría tener todo el tiempo del mundo, ahorrarlo o malgastarlo como quisiera; que iban a dejarle ya en paz.
Y por fin se acabarían todas las prisas.

Un día te encontraste aquel paraguas negro y gastado apoyado en un banco del parque. Recuerda que te encantó su empuñadura roja brillante con grabados. Te pareció un paraguas muy alegre.
Interpretaste aquel paraguas como una especie de señal y, después de una mirada pensativa, lo adoptaste como símbolo de tu nueva madurez -tu siempre habías odiado los paraguas-. Desde entonces te hiciste el propósito de cambiar de vida, de ser más ordenada, más responsable y menos desmemoriada, y ese paraguas era para tí el paradigma del cambio. Y te lo tomaste en serio, demasiado en serio en mi opinión. Recuerdo que al menor atisbo de nubes en el cielo cogías tu paraguas-negro-con-su-mango-rojo-brillante al salir de casa y lo llevabas siempre contigo a todas partes. Varias veces te avisé cuando lo dejabas olvidado en una cafetería o encima del mostrador del kiosko de tabaco, pero en general, conseguiste ser bastante disciplinada con el asunto. Aunque a veces se te caía al suelo, o golpeabas en el metro a algún pasajero distraida, lo mirabas orgullosa cada vez que conseguías salir de un sitio con el paraguas en la mano, sin olvidarlo y decías: ¡qué paraguas tan bonito! y con sonrisa triunfal, te sentías por instantes una persona normal. En el fondo estabas deseando que lloviera, para demostrar que habías sabido ser paciente en tu nueva maternidad y que la espera y el orden podían darte finalmente sus frutos. Pero aquel año, recuérdalo, fue el año de la sequía y no había manera de que lloviera. Y pasaron los meses, muchos y tú cada dos por tres, con tu paraguas a cuestas, tu sonrisa triunfal y tu qué-paraguas-tan-precioso.
Pero un día, por sorpresa, cuando salíamos de aquél café tan oscuro que tanto nos gustaba, llovía. Llovía tan fuerte como hacía muchos años que no llovía, como si el agua hubiera estado esperando encerrada dentro de una nube en una presa que ahora se había reventado de repente. Me miraste girando la cabeza muy despacio mientras empezabas a sonreir muy levemente, el agua cayéndote en chaparrón sobre el pelo; tu expresión todavía más triunfal de lo habitual. Bajaste la vista y le dijiste a tu paraguas lentamente y en voz baja: ¡Dios, que paraguas tan bonito! y comenzaste extender los brazos, recreándote en el momento, y lo abrías mientras lo mirabas sonriente y el agua se escurría implacable por tu frente. Pero al empujar el mecanismo de apertura y abrirlo, no sólo estaban rotas algunas varillas, sino que la tela estaba perforada por dos grandes agujeros que habían quedado ocultos entre los pliegues. La triste verdad era que nunca lo habías llegado a abrir para comprobar si estaba entero o si funcionaba… Sin sorpresa en tus ojos, tras una pausa infinita, comenzaste a partirte de risa repentínamente y los dos nos sentamos a carcajadas en la acera, tan empapados que ya nada importaba demasiado, sin parar de reir durante varios minutos… Luego dejaste de reir un poco, nos levantamos y abandonaste el paraguas abierto sobre la acera, mientras nos alejábamos caminando por el centro de la calle. Entonces me miraste otra vez, ahora muy seria, y me soltaste a bocajarro: Es inútil,…algunas cosas nunca cambian. Y aunque era fácil disimularlo, con la lluvia resbalando por tus ojos, yo sabía que estabas llorando cuando añadiste: Quiero que no nos veamos nunca más… no, ¡No te quiero!.

***
Acuérdate que después pasamos tres días prácticamente sin salir de tu cama, en aquella habitación tan pequeña, los dos con una gripe de caballo, escuchando una y otra vez tus discos de Puccini mientras afuera, en la calle, seguía lloviendo desesperadamente. Y tú me besabas llorando el cuello muchas veces. Y también me sonreías.

 

 

(si este relato te ha recordado a París, ver comentarios)

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El laberinto Interior

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